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ARTÍCULO Bienvenidos al infierno (2003) | | Por Alberto Pinto | |   | Es posible que haya canchas más míticas como la nevera, del Ramiro,
más glamurosas como la nueva Saporta, más tradicionales como la
encantadora del Canoe, o el histórico e irrepetible Garden de Bostón
pero hoy quiero recordar el papel de uno de los campos con más
historia del baloncesto madrileño, la pequeña, fría, acogedora y
tremendamente intimidadora cancha del Liceo francés,
Hay
quien dice y con razón (el que suscribe también opina lo mismo) que se
ha quedado anticuada, que no tiene las medidas ideales, que el suelo no
es precisamente parquet, que es incomoda, que como es posible que un
colegio como el liceo no tenga un pabellón adecuado no sólo al
baloncesto sino a cualquier deporte bajo techo. Y Como la mayoría de
los colegios y Clubs a quien nos enfrentamos tienen recintos nuevos o
están en proceso para tenerlo.
Pero fuera de esta vena
reivindicativa, vengo hablaros de un fortín casi inexpugnable, de un
hervidero de talento, de un campo que ha marcado la historia de los que
por suerte o desgracia hemos jugado o sufrido su peculiar
configuración, donde los equipos rivales temen venir, porque la
presión (Siempre deportiva) es tremendamente fuerte.
Lugar
donde han entrenado grandes jugadores, sagas de familias, de padres a
hijos, hermanos y hermanas, primos y primas, desde los Cubilla, pasando
por los García Hiernaux, Ruiz Jarabo, Mampaso, Gómez, Pastor, Fuentes,
Bilbao, Montero, Alonso, Sierra, López..... y muchos más que han
llenado la vida de recuerdos en esta cancha y donde siguen entrenando
chicas y chicos cuya ilusión y entusiasmo desbordan todas las metas.
Algún día los anaranjados focos del vetusto pabellón se apagarán para
siempre, las puertas se cerrarán y serán sustituidos por modernas
estructuras de cemento y acero, pero hasta entonces la vieja fabrica de
sueños disfrutará con los mates de Lorenzo, con el liderazgo de Javier,
con la fantasía de Berto, con la sabiduría de los entrenadores, con el
apoyo de los padres y jamás le quitarán la esperanza de ver que desde
los campos de Minibasket los pequeños aprendices de Jordan, Petrovich o
Navarro sueñan con traspasar el umbral de la infancia para poder pisar
algún día la vieja y carismática pista rojiza del Liceo, roja de
pasión, roja de sacrificio, roja del infierno. | |
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